Cualquiera que sepa un
mínimo de literatura, dirá que mi originalidad con el título es desbordante,
sin embargo para este pequeño texto creo que incluso el verdadero podría estar
en sintonía. En cualquier caso, el título sólo es el gancho con el que pretendo
haceros entrar en esta reflexión, y no hay que darle más importancia que esa.
Dicha la primera justificación, creo que es momento de entrar en materia.
Visto el nivel de los
debates populares, y constatado el presente y futuro de las tertulias
políticas-económicas, me siento en la obligación de escribir unas cuantas
líneas reflexivas sobre la situación social actual.
Al parecer desde
finales de la edad media España ha estado sumida en un complejo de
inferioridad, que a mi modesto entender no tiene razón de ser. Dicho por José María
Pemán, mientras Europa se entregaba al reflexivo “ser o no ser” de Hamlet,
España invertía su tiempo en autos sacramentales, sátiras afiladas y teatro
documental, en otras palabras: mientras Europa reflexionaba sobre su ser,
España se convertía en el Quijote y luchaba contra gigantes, en un rabioso
intento de seguir siendo.
Pero no hay que olvidar
que esa literatura que en su tiempo fue mal entendida y a lo mejor ninguneada
por el resto de Europa, forma parte de uno de los momentos más grandes de la
historia de la literatura universal: el siglo de oro español. Mientras lo
español provocaba risas y cuchicheos en las tertulias de barrios bohemios fuera
de España, aquí se trabajaba sobre unas líneas bastante claras, sobre un estilo
que a fuerza de continuarse y no romper, dio sus frutos en la poesía, el teatro
y la narrativa.
El señor José María
Pemán se toma la libertad de hacer un símil entre el teatro español y la
realidad española, símil que con humildad yo quisiera continuar.
España siempre ha sido
diferente de Europa, aunque a su vez ha marcado decididamente una serie de
pautas en la sociedad occidental. Primero fue la independencia de Estados
Unidos, luego la revolución francesa, y después la “Pepa”, la constitución
española de las cortes de Cádiz de 1812, cada uno de estos pasos han
significado avances tremendos en las libertades sociales, y ahí estuvo España;
con la notable diferencia que los dos primeros procesos llegaron a puerto, pero
el tercero se truncó dramáticamente, seguido de un siglo perdido para la
sociedad española, bañado de guerras y eternas luchas. Lo que no quita, que la
Pepa haya sido imitada durante decenios.
Ciertamente, qué duda
cabe que España ha estado y está allí, dónde la innovación y los avances
sociales se requieren, dónde las cosas dependen de las personas y no de las
grandes instituciones, así este país es y ha sido impulsado por sus diversas
gentes y rica diversidad.
Otro punto que cabe
reseñar, muy similar al de 1812, es la constitución de la segunda república
española, donde las libertades sociales llegaron a cotas que el resto del mundo
nunca hubiera soñado, y que fue reiterativamente copiada, hasta que el propio
paso del tiempo, unos 50 años, la volvió caduca –cosa muy razonable-.
En resumen, y para
abundar en la misma idea, España ha sido y seguramente será, un país en el que
la cultura, el pensamiento y la investigación, han ido por delante del mundo,
sirviendo de referencia –aunque en ocasiones no para ella-.
Por ello, y continuando
con el símil, el país debe seguir con su camino, debe dejar de mirar sus puntos
flacos, debe dejar de compararse con lo que no es, debe si es preciso volver a
equivocarse, pero por la senda de lo que significa España, y no por caminos
gastados, que sólo conducen a segundos, terceros y cuartos lugares. España
tiene el compromiso de competir con ella misma; y lógicamente tiene la
autoridad y el suficiente crédito para crear sendas nuevas que otros continúen.
Aquí trato de
reivindicar el papel que este país ha tenido con la historia –invaluable-, y
exhorto a sus gentes a retomar ese testigo, sin caer en nacionalismos fáciles y
peligrosos, de los cuales –no cabe duda- hay que escapar.
La historia mira
agazapada desde el futuro y es nuestro compromiso realizar los movimientos
adecuados en el tablero de ajedrez, sin perder la perspectiva de lo que es -o lo que debe ser- el camino español.
Como ya he dicho antes,
debe ser un camino en el que se tiene que perder de vista las estrategias
caducas, y nos debemos concentrar, en la cultura, el conocimiento, la
formación, la educación, la innovación; en definitiva, tomar todas las
disciplinas y elevarlas a la categoría de arte, sólo así responderemos al reto
que tenemos por delante, al compromiso que estamos obligados a satisfacer con
la historia.
Volviendo al asunto del
complejo español: hay que reseñar, que este problema iniciaba su desaparición a
través de una serie de triunfos internacionales del deporte español, sin
embargo antes de conseguir nada –un triunfo o dos no dan la victoria en un
asunto de tanta trascendencia, ni es suficiente descollar sólo en una cosa- y
por otra parte como casi siempre en el caso español, sobrevino la crisis y
rápidamente se dejó notar nuestro complejo extra-europeo.
Desde la armada
invencible pasando por Francisco Franco, y hasta nuestros días, España ha sido
diferente, ha sufrido distinta suerte y se ha forjado un carácter disímil del
resto de europeos ¿pero eso es acaso malo?, ¿eso nos invalida?. Aunque estás
preguntas deberían ser retóricas, la única respuesta válida es una negación
rotunda, simplemente somos una nación diferente y rica en diversidad.
Algún jocoso amigo
puede estar pensando en ciertos pasajes de la historia española, que según
muchos pueden desvirtuar lo que se ha comentado hasta el momento: la conquista
de américa, o la inquisición española.
El asunto de la
inquisición es fácilmente desmontable: España tiene fama de haber tenido la
inquisición más sangrienta y cruel, creencia extendida fundamentalmente porque
fue la que más duró, hasta 1834, cuando organizaciones similares europeas, ya
llevaban mucho tiempo disueltas; sin embargo para poner un ejemplo, en España
el último ajusticiado fue en 1611, mientras que en Suiza fue en 1782, casi dos
siglos después. Si nos remitimos a las cantidades, por ejemplo: en España
fueron 300, cuando en Francia fueron 4000, o en Alemania 25000. Históricamente
todos los países tienen por qué responder, pero ciertamente es injusta la fama
que se ha extendido sobre “la inquisición española”.
El otro asunto que
nuestro lector rápido y audaz podría utilizar para argüir que España no ha sido
un referente en la historia o no lo debería ser, es la conquista de américa, o
las indias occidentales. Para este asunto baste con analizar un solo punto: la
comparación de antiguas colonias (en la actualidad) de España, Portugal,
Francia y Reino Unido, los cuatro grandes países colonizadores.
Un ejemplo
tremendamente claro es la isla de La Española, que comparten dos países
caribeños: República Dominicana y Haití. Simplemente sobran las palabras, pues
el primero a todas luces está mucho mejor que el segundo, tanto económicamente
como en la gestión de los recursos naturales.
Otro claro ejemplo son
las reservas estadounidenses de indios, mientras que en Latinoamérica, los
indígenas son la población más abundante.
Del lado portugués,
podríamos decir que se tuvo un modo de actuar muy parecido al español.
Con este texto tampoco
voy a disculpar comportamientos que ciertamente han sido crueles, pero al
parecer son actuaciones que la historia ha perdonado a otras naciones, pero no
a la española, cuando no hace falta ser muy inteligente para ver que España,
para la época y dentro de su contexto tuvo un comportamiento bastante razonable
y humano.
Hay que entender que
América iba a ser descubierta y conquistada, pero ese proceso podía haberse
dado a la inglesa: aniquilación de la población local; a la francesa: explotación
desmesurada de los recursos naturales, y esclavitud; o a la española o
portuguesa: mezcla de dos culturas, con una clara dominación por parte de la
europea.
A lo largo de la
historia de la civilización occidental, España como el resto de países han
cometido errores, pero ciertamente los españoles no son ni los más garrafales,
ni lo más crueles. Como he recordado antes, España debe sacudirse del complejo,
pues no tiene razón de ser.
Por citar momentos
relevantes donde la sociedad española ha demostrado que tiene mucho que
aportar, podemos decir: la generación del 98, el siglo de oro, la generación
del 27, la del 36, los grandes pintores españoles o extranjeros adoptados por
España, la constitución de las cortes de Cádiz, la constitución de la segunda
república española, etc.
Llevando todo lo dicho
a un plano económico, podemos decir que España está dispuesta a reinventarse,
pero debe cambiar desde dentro, y no desde fuera, pues son rutas que otros ya
han pisado, no son caminos auténticos, son senderos que nos llevarán a
soluciones que a lo mejor a otros les han servido, pero que no necesariamente
tienen que ver resultados en España. Hay suficientes economistas en este país
como para buscar soluciones viables a nuestros problemas. Esta tierra es un
lugar donde se pueden encontrar excelentes profesionales, desde la
investigación o la arquitectura, hasta la ingeniería, la docencia, o las artes.
Lo necesario es que entre todos pensemos soluciones a nuestros problemas, y que
no las busquemos en otros países, pues por el sólo hecho de ser europeos, no
quiere decir que tengan las respuestas. Debemos abandonar nuestro complejo
extra-europeo y buscar las soluciones en nosotros mismos.
España ha sido, es, y
debe seguir siendo una referencia solvente para resolver las cuestiones que
atañen al ser humano, una luz en la penumbra de la caverna.
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