La realidad es una proyección de la imaginación.
Todo lo que escribiré a partir de ahora en este texto, puede entenderse como una gran nota a pie de página de la primera línea.
Hace unos días discutía con un amigo sobre una nueva teoría (vamos a encasillarla como pseudo-científica) en la que se describe cómo podemos influir en los futuros posibles a través de nuestro pensamiento. Por ejemplo, en los juegos de azar más de uno puede haber comprobado que si se concentra lo suficiente para que salga un número determinado a los dados, éste sale. Hay infinidad de estudios sobre este asunto y todos vienen a decir que los aciertos superan el 70% de los ensayos. Un estudio muy interesante dejaba a los sujetos sin comer, y sólo se les proporcionaba alimento si conseguían sacar tal o cual número a los dados, parece que la motivación es fundamental para que funcione, pues los estudiados iban afinando sus aciertos según pasaban los días y el hambre apremiaba.
Pero volvamos a nuestro estudio inicial; pues el científico que sustenta esta teoría afirma que teniendo una mente muy positiva somos capaces de alejar lo negativo, y por ende lo que puede salir mal en nuestras vidas cotidianas –más que una tesis científica, parece sabiduría popular-; pero antes de empezar a despotricar, detengámonos un momento y quitemos de nuestra mente todo aquello que la CIENCIA (con mayúsculas) nos ha enseñado desde que nacemos.
¿Acaso no es necesario pensar o imaginar algo antes de hacerlo?. El viaje a la Luna se dio porque la humanidad llevaba miles de años queriendo llegar. El coche se inventó porque alguien tuvo inicialmente la idea; de la misma forma ocurre con absolutamente todo, por ello Kant dijo que las manos eran el cerebro exterior, o sea, la parte de la mente que ejecutaba lo que ella pensaba. En definitiva, si a nadie se le ocurre, no se hace.
Desde este punto de vista queda muy patente que nuestro pensamiento influye decisivamente en la realidad cotidiana. Sin embargo, dándole vueltas a esto, se me ocurrió que tal vez todo es lo mismo: la realidad y la imaginación. La imaginación como lo verdadero, y la realidad como un reflejo o proyección de ésta. Pues claramente es lo que se desprende del análisis anterior.
Así pues en los vastos mundos literarios tendríamos personajes y situaciones que nos sorprenderían en la “realidad”. Pero cuidado, porque todos hemos sentido cuando el aire nos toca la cara revolviendo nuestra cabellera hasta el límite, leyendo alguna novela de aventuras; o quién no ha blandido una gran espada de acero franco para enfrentarse contra el enemigo, en una novela caballeresca; o el olor de una flor; o una lluvia incesante que cala hasta los huesos y encoje al más pintado; o un pánico de pesadilla, con el terror; ¿quién no se ha bañado en el Mississippi junto a Tom Sawyer?; y ¿quién no ha sufrido con Phileas Fogg para dar la vuelta al mundo en 80 días?. Al parecer todos hemos vivido aventuras sin par en nuestra mente.
Puestos a elegir, yo a partir de ahora mismo decido vivir en la fantasía, que todo indica, es el mundo más verídico. Creo que a lo mejor nuestra confusión llega cuando decidimos que lo real es lo tangible... pero y la llamada realidad virtual... aquello no es tangible, y sin embargo le llamamos realidad. Por ejemplo, hoy publico este texto de forma virtual, pues lo subo en el blog, en facebook y en twitter, y todos vosotros lo podréis leer; por si fuera poco, lo escribo en un ordenador. ¿Quién puede decir que este texto no existe?. El texto existe, pero no es tangible... nuestro pensamiento también.
En los tiempos que corren, hay personas que trabajan a través de la red, conocen gente a través de la red, juegan a través de la red, e incluso se casan a través de la red... quién puede decir lo que es real o no hoy en día. Resulta complicado y atrevido dar una valoración sobre este asunto.
En cualquier caso, como somos seres libres decidimos qué es lo más real para nosotros. Como yo soy muy cómodo iré decidiendo según vea las situaciones, por el momento tomaré un té junto a Poirot y esta noche esperaré un cuento de Scheherazade.
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