Entonces el cielo perdió su brillo y poco a poco la luz se volvió oscuridad, mientras bajaba El con un rayo en la mano izquierda y la desolación en la derecha. Sus pies gigantes hacían temblar la tierra a cada paso que daba, sus rayos mortales emergían de ojos y manos destruyendo todo aquello construido por el hombre.
Los humanos, que antes no se arrodillaban ante nada por su arrogancia, ahora caían sobre sus rodillas por dolor y enfermedad. Sólo duró pocos minutos, que parecieron años de devastación, años de miserias y sequías. Tan sólo en segundos, todo lo que había supuesto el orgullo humano, ya no estaba. No quedaba ni un sólo atisbo de tecnología, ni una edificación por sencilla que ésta fuera, sólo la tierra y muy pocos humanos... había que volver a empezar.
Las familias rotas lloraban por sus caídos, no hubo ni batalla, ni resistencia posible, sólo muerte y dolor, sólo sangre y destrucción.
Algunos dicen que el ser humano construyó una nave que llegó hasta las puertas de la casa de Dios, más allá de los planetas sólidos, y su enfado fue tal que envío a su creación más perfecta a la cripta de los destinos, donde el tiempo y el espacio son uno y la eternidad cobra su máximo sentido. Allí, su gentil vasallo fue transformado en horror, miedo, ira y destrucción, a la vez que era tele-transportado a las puertas del mundo de los humanos, para cumplir su misión.
No pasó por su mente más que el odio y la muerte, más que la sangre y la devastación, no pasó por su mente más que asolar todo lo que sus ojos alcanzaban a ver. Pero una vez que hubo terminado su tarea: su gesto se transformó, sus ojos volvieron a brillar, una luz empezó a emanar de su cuerpo, y viendo la desolación que había causado, simplemente cayó de rodillas pidiendo perdón. Lloró tantos días como estrellas se vieron esa noche en el firmamento, y tal fue la cantidad de lágrimas emanadas por sus ojos que saló el agua de los mares
Juró por su vida y su creador y, ante los pocos y maltrechos humanos que aun estaban en pie, que haría esa tierra suya levantando cada edificio y arando los campos para el sustento de todos. Juró convertirse en protector y mentor del planeta y la humanidad. Pero la ira de Dios no tardó en oírse y unas palabras retumbaron durante años por entre las montañas: -Luzbel!!!. Con este acto haz hecho tuya la desgracia de los humanos, con este acto no volverás a pisar jamás mi casa, ni volverás a compartir mesa con los tuyos. A partir de ahora ese será tu reino y caerás, igual que sus habitantes, en una profunda desgracia.
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